Lamentos que lleva el viento. Lamentos entre sollozos, descalzos que brotan sin más de los ojos. Lamentos perezosos, que se fueron diluyendo en la garganta cansada de gritarle al viento. En la campaña de ataque suicida de los arrojos que tiran, desbocados, buscando el final del abismo que empieza a vislumbrar la salida, allí justo en ese trecho del camino, encontré laberintos menos intrincados. Allí, señalé con el dedo, allí justo allí instalaré el final de los miedos y decidiré salir a vagar por la vida sin más careta que las arrugas que crea el tiempo.
Caminé hasta llegar al punto que marcaba el retorno o el desvío hacia nuevos parajes. "Se fue, se fue", dije, cualquier oportunidad de buscar el pasaje de vuelta. Destruí los barcos de papel, ardid de los aventureros que no buscan el regreso, sino la gloria o la muerte en el intento.
Volví la vista y dije: "Allí" y señalé con el dedo, a lo lejos, fue el lugar donde dejé enterrados los recuerdos y con ellos, todos los miedos.
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