Allí entre las sombras,
escondida,
elucubrando planes que brotan
en estampida, estrategias
tácticas,
cosechas deslucidas
recogiendo los frutos
de su oscura semilla.
Empieza inhalando los sueños
continúa recobrando saliva
se relame los labios
se llena de lascivia
ella, la perfecta moldura,
la mensajera del final,
del final de los días.
En estricto sentido
miércoles, 20 de julio de 2011
lunes, 18 de julio de 2011
Lamentos
Lamentos que lleva el viento. Lamentos entre sollozos, descalzos que brotan sin más de los ojos. Lamentos perezosos, que se fueron diluyendo en la garganta cansada de gritarle al viento. En la campaña de ataque suicida de los arrojos que tiran, desbocados, buscando el final del abismo que empieza a vislumbrar la salida, allí justo en ese trecho del camino, encontré laberintos menos intrincados. Allí, señalé con el dedo, allí justo allí instalaré el final de los miedos y decidiré salir a vagar por la vida sin más careta que las arrugas que crea el tiempo.
Caminé hasta llegar al punto que marcaba el retorno o el desvío hacia nuevos parajes. "Se fue, se fue", dije, cualquier oportunidad de buscar el pasaje de vuelta. Destruí los barcos de papel, ardid de los aventureros que no buscan el regreso, sino la gloria o la muerte en el intento.
Volví la vista y dije: "Allí" y señalé con el dedo, a lo lejos, fue el lugar donde dejé enterrados los recuerdos y con ellos, todos los miedos.
Caminé hasta llegar al punto que marcaba el retorno o el desvío hacia nuevos parajes. "Se fue, se fue", dije, cualquier oportunidad de buscar el pasaje de vuelta. Destruí los barcos de papel, ardid de los aventureros que no buscan el regreso, sino la gloria o la muerte en el intento.
Volví la vista y dije: "Allí" y señalé con el dedo, a lo lejos, fue el lugar donde dejé enterrados los recuerdos y con ellos, todos los miedos.
miércoles, 15 de junio de 2011
Fuimos miedo
Fuimos miedo. Nos vimos en el espejo con los pedazos rotos de sueños, escapándose entre los dedos y sonreíamos estúpidamente viendo el reflejo. Fuimos miedo.
La sangre que hervía, fue reduciendo la temperatura, se nos quitaron las ansías y se volvió hielo. Fuimos miedo.
Se fueron esfumando los porvenires, sustituyéndolos por presentes vanos y tristes. Fuimos promesa. Ahora ... ahora somos miedo.
viernes, 13 de mayo de 2011
Voces
De principios lúcidos,
con finales lúdicos.
A momentos caústico
y por instantes causítisco
Se diluyen en sabores de efectos narcóticos,
catalíticos que desbordan destellos
de los parásitos multicolores.
La savia de la saliva que liga fina
los besos de cristales que desperdiga
entre selvas de cemento,
por ventanas de pasados
a presentes de futuro incierto,
que deslindan las causas de sus probables
parajes desérticos.
Denegados de frenéticos contextos
relegados a paraísos de textos
de coyunturas finas y carismas íntimas
que evocan sueños de sopores imperfectos.
Esperanzas frías de calmas vanas
orillas de camas que se cruzan
para volver de nuevo a la nada
de ese patético universo.
con finales lúdicos.
A momentos caústico
y por instantes causítisco
Se diluyen en sabores de efectos narcóticos,
catalíticos que desbordan destellos
de los parásitos multicolores.
La savia de la saliva que liga fina
los besos de cristales que desperdiga
entre selvas de cemento,
por ventanas de pasados
a presentes de futuro incierto,
que deslindan las causas de sus probables
parajes desérticos.
Denegados de frenéticos contextos
relegados a paraísos de textos
de coyunturas finas y carismas íntimas
que evocan sueños de sopores imperfectos.
Esperanzas frías de calmas vanas
orillas de camas que se cruzan
para volver de nuevo a la nada
de ese patético universo.
domingo, 24 de abril de 2011
La chica del café del centro
Sentado en aquel viejo café del centro espera paciente verla pasar. Pide un café negro y el diario. Busca noticias que maten el tiempo. Aguarda un par de horas, hasta que aparece caminando en la calle frene al café. Un mísero instante para tanta espera. Un pequeño instante. De esas fracciones de tiempo que parecen alargadas a eternidades, cuando el espacio tiempo se deforma alrededor de una mujer.
Pero no cualquier mujer. La que uno añora y aguarda pacientemente dos horas en un viejo café para verla pasar un instante. Vestida de minifalda, zapatos de tacón y lentes. Pelo negro azabache con olor a café. Ojos café de alma profunda y digna de descubrir. Y una sonrisa, vaya que sonrisa. De esas que son mezcla de algo perversidad inocente, divina y condenatoria al infierno a la vez. Caminar de caderas contoneante como el péndulo del viejo reloj desvencijado que se encuentra en la pared del fondo de aquel café del centro.
Así un instante de eternidad, solo para verla pasar. Rutina de todos los días. Costumbre para soñar. De lejos la amaba, de lejos veía pasar. De lejos la adoraba, de lejos quería sorber, su aroma, su piel y su alma. Respirar el aroma a café de su pelo negro azabache. Beberla todas las mañanas al despertar. Beberla como se beben los cafés en aquel viejo café del centro, donde todos los días la ve pasar.
Pero no cualquier mujer. La que uno añora y aguarda pacientemente dos horas en un viejo café para verla pasar un instante. Vestida de minifalda, zapatos de tacón y lentes. Pelo negro azabache con olor a café. Ojos café de alma profunda y digna de descubrir. Y una sonrisa, vaya que sonrisa. De esas que son mezcla de algo perversidad inocente, divina y condenatoria al infierno a la vez. Caminar de caderas contoneante como el péndulo del viejo reloj desvencijado que se encuentra en la pared del fondo de aquel café del centro.
Así un instante de eternidad, solo para verla pasar. Rutina de todos los días. Costumbre para soñar. De lejos la amaba, de lejos veía pasar. De lejos la adoraba, de lejos quería sorber, su aroma, su piel y su alma. Respirar el aroma a café de su pelo negro azabache. Beberla todas las mañanas al despertar. Beberla como se beben los cafés en aquel viejo café del centro, donde todos los días la ve pasar.
sábado, 23 de abril de 2011
Inoportuna
- Deberíamos de fijar los límites-, dije, atemorizado por las ambigüedades de las orillas, perdidas y difusas entre la bruma de la noche. Allí, en esa noche de luna menguante, se le fue acabando de a poco, el contacto a mis zapatos con la tierra. Se fué despacio, metiendo entre ellos, el aire que dejó escapar ella en cada exhalación.
- A mí, las etiquetas ni me van ni me vienen - agregué, - pero si vamos a comenzar a vender las porciones de estas almas, deberíamos de saber donde empieza y terminan cada una -. Así, una vez dicho esto, se disipó cualquier nudo de garganta y también, con él, cualquier esperanza de libertad ambigua. Vaya que a mi me gusta buscar la mejor forma de no mantener la boca cerrada y con ello, mostrar como aún no he aprendido a digerir primero las ideas antes de volverlas palabras. Craso error que ayuda a perder más piezas con las ajedrecistas campeonas de todo.
Ella en cambio, me clavó la mirada con las mejores intenciones, de hacerme atravesado por las dagas que pensé, escondía para robarme el alma, o al menos una parte de ella, ante la menor provocación de tomar una siesta. Se le notó lo desencajada, pues imagino, no esperaba de mí esa terrenal propuesta, vomitada así sin advertencia sobre la mesa. Y entonces comprendí con los discursos que brotaban de sus ojos, que ese era el comienzo del fin de mis cimientos, pues si miento, acaso me tomo un instante tomar el martillo y volver todo escombros.
- A mí, las etiquetas ni me van ni me vienen - agregué, - pero si vamos a comenzar a vender las porciones de estas almas, deberíamos de saber donde empieza y terminan cada una -. Así, una vez dicho esto, se disipó cualquier nudo de garganta y también, con él, cualquier esperanza de libertad ambigua. Vaya que a mi me gusta buscar la mejor forma de no mantener la boca cerrada y con ello, mostrar como aún no he aprendido a digerir primero las ideas antes de volverlas palabras. Craso error que ayuda a perder más piezas con las ajedrecistas campeonas de todo.
Ella en cambio, me clavó la mirada con las mejores intenciones, de hacerme atravesado por las dagas que pensé, escondía para robarme el alma, o al menos una parte de ella, ante la menor provocación de tomar una siesta. Se le notó lo desencajada, pues imagino, no esperaba de mí esa terrenal propuesta, vomitada así sin advertencia sobre la mesa. Y entonces comprendí con los discursos que brotaban de sus ojos, que ese era el comienzo del fin de mis cimientos, pues si miento, acaso me tomo un instante tomar el martillo y volver todo escombros.
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