Aguarda un par de horas, hasta que aparece caminando en la calle frene al café. Un mísero instante para tanta espera. Un pequeño instante. De esas fracciones de tiempo que parecen alargadas a eternidades, cuando el espacio tiempo se deforma alrededor de una mujer.
Vestida de minifalda, zapatos de tacón y lentes. Pelo negro azabache con olor a café. Ojos café de alma profunda y digna de descubrir. Y una sonrisa, vaya que sonrisa. De esas que son mezcla de algo perversidad inocente, divina y condenatoria al infierno a la vez. Caminar de caderas contoneante como el péndulo del viejo reloj desvencijado que se encuentra en la pared del fondo de aquel café del centro.
De lejos la adoraba, de lejos quería sorber, su aroma, su piel y su alma. Respirar el aroma a café de su pelo negro azabache. Beberla todas las mañanas al despertar. Beberla como se beben los cafés en aquel viejo café del centro, donde todos los días la ve pasar.
domingo, 24 de abril de 2011
sábado, 23 de abril de 2011
Inoportuna
- Deberíamos de fijar los límites-, dije, atemorizado por las ambigüedades de las orillas, perdidas y difusas entre la bruma de la noche. Allí, en esa noche de luna menguante, se le fue acabando de a poco, el contacto a mis zapatos con la tierra. Se fué despacio, metiendo entre ellos, el aire que dejó escapar ella en cada exhalación.
- A mí, las etiquetas ni me van ni me vienen - agregué, - pero si vamos a comenzar a vender las porciones de estas almas, deberíamos de saber donde empieza y terminan cada una -. Así, una vez dicho esto, se disipó cualquier nudo de garganta y también, con él, cualquier esperanza de libertad ambigua. Vaya que a mi me gusta buscar la mejor forma de no mantener la boca cerrada y con ello, mostrar como aún no he aprendido a digerir primero las ideas antes de volverlas palabras. Craso error que ayuda a perder más piezas con las ajedrecistas campeonas de todo.
Ella en cambio, me clavó la mirada con las mejores intenciones, de hacerme atravesado por las dagas que pensé, escondía para robarme el alma, o al menos una parte de ella, ante la menor provocación de tomar una siesta. Se le notó lo desencajada, pues imagino, no esperaba de mí esa terrenal propuesta, vomitada así sin advertencia sobre la mesa. Y entonces comprendí con los discursos que brotaban de sus ojos, que ese era el comienzo del fin de mis cimientos, pues si miento, acaso me tomo un instante tomar el martillo y volver todo escombros.
- A mí, las etiquetas ni me van ni me vienen - agregué, - pero si vamos a comenzar a vender las porciones de estas almas, deberíamos de saber donde empieza y terminan cada una -. Así, una vez dicho esto, se disipó cualquier nudo de garganta y también, con él, cualquier esperanza de libertad ambigua. Vaya que a mi me gusta buscar la mejor forma de no mantener la boca cerrada y con ello, mostrar como aún no he aprendido a digerir primero las ideas antes de volverlas palabras. Craso error que ayuda a perder más piezas con las ajedrecistas campeonas de todo.
Ella en cambio, me clavó la mirada con las mejores intenciones, de hacerme atravesado por las dagas que pensé, escondía para robarme el alma, o al menos una parte de ella, ante la menor provocación de tomar una siesta. Se le notó lo desencajada, pues imagino, no esperaba de mí esa terrenal propuesta, vomitada así sin advertencia sobre la mesa. Y entonces comprendí con los discursos que brotaban de sus ojos, que ese era el comienzo del fin de mis cimientos, pues si miento, acaso me tomo un instante tomar el martillo y volver todo escombros.
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