domingo, 24 de abril de 2011

La chica del café del centro

Sentado en aquel viejo café del centro espera paciente verla pasar. Pide un café negro y el diario. Busca noticias que maten el tiempo. Aguarda un par de horas, hasta que aparece caminando en la calle frene al café. Un mísero instante para tanta espera. Un pequeño instante. De esas fracciones de tiempo que parecen alargadas a eternidades, cuando el espacio tiempo se deforma alrededor de una mujer.

Pero no cualquier mujer. La que uno añora y aguarda pacientemente dos horas en un viejo café para verla pasar un instante. Vestida de minifalda, zapatos de tacón y lentes. Pelo negro azabache con olor a café. Ojos café de alma profunda y digna de descubrir. Y una sonrisa, vaya que sonrisa. De esas que son mezcla de algo perversidad inocente, divina y condenatoria al infierno a la vez. Caminar de caderas contoneante como el péndulo del viejo reloj desvencijado que se encuentra en la pared del fondo de aquel café del centro.

Así un instante de eternidad, solo para verla pasar. Rutina de todos los días. Costumbre para soñar. De lejos la amaba, de lejos veía pasar. De lejos la adoraba, de lejos quería sorber, su aroma, su piel y su alma. Respirar el aroma a café de su pelo negro azabache. Beberla todas las mañanas al despertar. Beberla como se beben los cafés en aquel viejo café del centro, donde todos los días la ve pasar.

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