Aguarda un par de horas, hasta que aparece caminando en la calle frene al café. Un mísero instante para tanta espera. Un pequeño instante. De esas fracciones de tiempo que parecen alargadas a eternidades, cuando el espacio tiempo se deforma alrededor de una mujer.
Vestida de minifalda, zapatos de tacón y lentes. Pelo negro azabache con olor a café. Ojos café de alma profunda y digna de descubrir. Y una sonrisa, vaya que sonrisa. De esas que son mezcla de algo perversidad inocente, divina y condenatoria al infierno a la vez. Caminar de caderas contoneante como el péndulo del viejo reloj desvencijado que se encuentra en la pared del fondo de aquel café del centro.
De lejos la adoraba, de lejos quería sorber, su aroma, su piel y su alma. Respirar el aroma a café de su pelo negro azabache. Beberla todas las mañanas al despertar. Beberla como se beben los cafés en aquel viejo café del centro, donde todos los días la ve pasar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario