sábado, 23 de abril de 2011

Inoportuna

- Deberíamos de fijar los límites-, dije, atemorizado por las ambigüedades de las orillas, perdidas y difusas entre la bruma de la noche.  Allí, en esa noche de luna menguante, se le fue acabando de a poco, el contacto a mis zapatos con la tierra. Se fué despacio, metiendo entre ellos, el aire que dejó escapar ella en cada exhalación.

- A mí, las etiquetas ni me van ni me vienen - agregué, - pero si vamos a comenzar a vender las porciones de estas almas, deberíamos de saber donde empieza y terminan cada una -. Así, una vez dicho esto, se disipó cualquier nudo de garganta y también, con él, cualquier esperanza de libertad ambigua. Vaya que a mi me gusta buscar la mejor forma de no mantener la boca cerrada y con ello, mostrar como aún no he aprendido a digerir primero las ideas antes de volverlas palabras. Craso error que ayuda a perder más piezas con las ajedrecistas campeonas de todo.

Ella en cambio,  me clavó la mirada con las mejores intenciones, de hacerme atravesado por las dagas que pensé, escondía para robarme el alma, o al menos una parte de ella, ante la menor provocación de tomar una siesta. Se le notó lo desencajada, pues imagino, no esperaba de mí esa terrenal propuesta, vomitada así sin advertencia sobre la mesa. Y entonces comprendí con los discursos que brotaban de sus ojos, que ese era el comienzo del fin de mis cimientos, pues si miento, acaso me tomo un instante tomar el martillo y volver todo escombros.

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